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lunes, 24 de agosto de 2015

La muerte y los reencarnacionistas (3).

He hablado ya otras veces de este tema en el blog, porque aparte de que la muerte siempre ha sido de mucho interés para mí, noto que es una de las cosas que más cambian cuando eres reencarnacionista. Y recuerdo a los lectores que ser reencarnacionista va mucho más allá de “creer en la reencarnación”. Por mucha fe que se tenga en algo, no creo que proporcione el mismo alivio que SABER que la reencarnación es un hecho.

Estoy siguiendo una serie estadounidense bastante recomendable que se llama Proof. No es que se vaya a convertir en una de mis favoritas: la protagonista es demasiado cerrada de mente para mi gusto —aunque espero que sus propias experiencias acaben cambiando su forma de pensar—, y tengo la impresión de que jamás van a conseguir pruebas de nada, como en el mundo real. Pero se dan situaciones en casi todos los capítulos con los que me siento muy identificada. Situaciones que son muy cotidianas y que cualquier persona habrá vivido alguna vez. Bien, pues la mayoría de ellas tienen que ver con ese momento en el que te tienes que enfrentar a la muerte, ya sea la de un familiar cercano, o la tuya propia. Quizá algunas reacciones de los personajes me parezcan algo exageradas. Es una serie de ficción después de todo, aunque está muy bien basada en investigaciones reales, y no tengo nada que objetar. Sin embargo, estoy segura, por lo poco que he vivido en primera persona (en esta vida), en cuestiones “mortales”, que la mayoría de la gente no está muy lejos de comportarse de forma similar. Por ejemplo, hoy me llamaba la atención cómo una mujer pensaba que el corazón que había donado de su pareja fallecida, y que había empezado a fallar en el cuerpo del paciente receptor, era como una segunda muerte de su pareja, como si la estuviera perdiendo otra vez. Ese grado de apego a un simple órgano es preocupante... Aun con mis propios reparos a donar, yo sé que cuando esté al otro lado lo que menos me va a importar es lo que hagan con mi cuerpo (esto lo digo por experiencia, no es retórica). El otro día, también en la serie, una señora se escandalizaba y poco menos que tildaba de loca a otra señora que estaba convencida de que su hijo había reencarnado en el hijo de esta señora. La primera señora era incapaz de comprender cómo dos cuerpos, con distinto nombre físico, podían seguir siendo la misma “persona”, es decir, la misma alma. La verdad es que yo jamás he tenido este tipo de dudas, ni siquiera cuando todavía ni creía ni dejaba de creer en la reencarnación, pero por lo visto es una pregunta muy común entre los escépticos (y agnósticos).


Pasa el tiempo y las experiencias que he tenido, los recuerdos que poco a poco voy amontonando en mi diario de vidas pasadas, van quedando en un segundo plano, como si hubiera sido todo un sueño. Pero siempre queda algo: las enseñanzas, las convicciones, la seguridad que tengo ahora de que la muerte no significa nada. Como mucho, es un breve periodo de tiempo en el que nos vamos a sentir algo desequilibrados, algo incómodos. Dejamos atrás muchas cosas, incluido uno de nuestros cuerpos. El cambio es realmente profundo, y los cambios son siempre difíciles. Tenemos que hacer frente al dolor físico, al dolor psíquico, al dolor de nuestros seres queridos a quienes en muchos casos nosotros mismos tendremos que consolar...  pero no es más que eso. Siempre lo he dicho y siempre lo diré: una de las principales razones por las que sigo escribiendo este blog, a pesar de que no me trae apenas satisfacciones, es extender el mensaje de que la muerte no es el fin. La gente no debería sufrir por eso. La gente no debería pasar el tiempo lamentándose de que en todo el mundo hay guerras y se producen miles de muertes cada día, sino trabajando por construir un mundo mejor, empezando por lo que tenemos más cerca.

Y lo digo en una época en la que mi propio dolor por la pérdida en una guerra, de alguien del pasado a quien quería mucho, se acrecienta. Porque aunque la muerte no exista, las emociones no desaparecen tan fácilmente. La diferencia es que ahora soy capaz de ver más allá del dolor. Habría dado lo que fuera por haberlo sabido entonces: que en realidad no estaba perdiendo a nadie, que no tenía razón para sucumbir a las desgracias, que debía luchar contra las adversidades con toda mi fuerza, hasta que no fuera posible seguir luchando. La joven que era en aquel entonces no sabía que la eterna oscuridad no existe, y ahora su dolor es mi dolor. Aún así, lo acepto y le pido que por favor siga llorando, gritando, a través de mí, porque todo forma parte de nuestro aprendizaje, de nuestro crecimiento. Hay momentos en los que la muerte me sigue dando miedo, claro, porque hay muertes que traen mucha agonía y sufrimiento. Pero al mismo tiempo esa especie de serenidad interior que te da el conocimiento verdadero nunca desaparece. Sé que he muerto muchas veces antes, y luego he vuelto a nacer, así que no debe ser tan malo. No creo que sea muy distinto a un parto.

Cuando conozco a alguien que duda de la supervivencia del alma después de la muerte, solo puedo aconsejarle una cosa: que intente recordar sus vidas pasadas. Eso es lo que te lleva de una creencia a una certeza. No inmediatamente, por supuesto, pero al final llegas a ese punto. Dicen que la fe es poderosa. Pues discrepo: recordar es mil veces más poderoso. Lo triste es que sospecho que la mayoría de las personas se da la vuelta y no se molesta ni en escuchar. Ya dudan de que haya algo después de la muerte, como para pensar que existe la reencarnación... Y yo no puedo más que callar y pensar que no hay peor ciego que el que no quiere ver.

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domingo, 21 de diciembre de 2014

Locas divagaciones (7).

Esta entrada de hoy podría ir también en el apartado de “La muerte y los reencarnacionistas”, pero como está relacionada con la entrada anterior y además son también opiniones muy personales, al final he decidido titularla de este modo.

En este blog nunca había hablado de proyección astral hasta hace dos días, básicamente porque ya tenemos suficientes “rarezas” tratando la reencarnación en general, como para encima añadir más razones por las que nos tachen de locos. Sin embargo, llevo ya el suficiente tiempo investigando también la proyección astral, y sobre todo, experimentándola (como se debe hacer con todo), como para hablar de ella con un mínimo de conocimiento. También me anima a hacerlo el saber que hay compañeros que llegan al mismo punto al que llegué yo hace unos dos años: hace muy poco una de esas compañeras comentaba que después de llevar un tiempo meditando, ha comenzado a tener sueños lúcidos, y preguntaba por gente que le pudiese contar sus experiencias. Yo le conté las mías y además le expliqué algo que mucha gente no sabe: los sueños lúcidos son una de las mejores puertas que existen para salir al astral y vivir en carne propia una experiencia extracorpórea consciente, que es una de las experiencias más increíbles que le puede pasar a alguien y que no te dejan ninguna duda de que somos seres inmortales.


El principal problema hoy en día es que si mencionas la palabra “astral” te asocian directamente con un friki que dice viajar a Saturno todas las noches y encontrarte con seres pleyadianos que te dan importantes mensajes para la Humanidad... y no, esto no suele ocurrir en la realidad. Hasta cierto punto la desconfianza es comprensible porque igual que ocurre con la reencarnación (vale, no, es mucho peor), la desinformación y la charlatanería en internet son la norma. A mí misma me expulsaron de un grupo de Facebook por decir que no entendía por qué no se podía hablar de “viajes astrales” pero sí de experiencias extracorpóreas, cuando el principal tema eran las experiencias cercanas a la muerte, las cuales, en muchos casos, constan de una experiencia extracorpórea en toda regla... que, por si alguien no lo sabe, esto es sinónimo de viaje astral. Todo depende de la nomenclatura que quieras utilizar, y por supuesto, tiene su base en la cerrazón de gran parte de la comunidad científica que no quiere ni oír hablar de viajeros astrales, que sin embargo, son de los que más saben sobre la mente y cómo trabaja... si son serios y racionales, por supuesto. Sin racionalidad no vamos a ninguna parte.

Pues bien, el otro día mencioné un libro que me estaba leyendo, que es La proyección del cuerpo astral, de Sylvan Muldoon y Hereward Carrington, publicado en 1929. Hoy he llegado a la última página, y casi he entrado en éxtasis al leer párrafos que son casi un calco de lo que yo trato de expresar día sí día no en este blog, cosas por las que he de soportar ciertas críticas y que muchas personas no entienden. Por una parte es un placer encontrar a personas con una actitud racional muy similar a la mía, aunque lleven décadas muertos. Por otra parte, es algo frustrante, claro, porque como ya dije esto probablemente significa que nada de lo que yo escriba en este blog va a producir un cambio significativo en el mundo que me rodea, excepto a las pocas personas a quienes les llegue y se decidan a investigar por su cuenta en lugar de leer y leer, o leer y dejarme un comentario llamándome “poco evolucionada” o cerrada de mente. También me produce mucha tristeza comprobar que hoy día no se le dé apenas valor a las investigaciones que personas como las que escribieron ese libro llevaron a cabo para intentar saber más sobre nosotros mismos, o que, en el mejor de los casos, se hayan transformado en una pseudo-religión llamada espiritismo donde, como es normal en estos casos, abundan los dogmas, las doctrinas sin fundamento, y hay poco espíritu práctico y/o científico.

Me sorprende inmensamente que hace casi cien años, hubiese gente que lo tuviese tan claro y que fuera capaz de explicar lo que ocurre en el proceso de la muerte mucho mejor que cualquier científico de hoy día, o que ya supieran que en el transcurso de la anestesia pueden darse experiencias extracorpóreas involuntarias. Y leyendo fragmentos como estos que pongo a continuación, no puedo dejar más de lamentarme al ver que nada ha cambiado mucho. O, si ha cambiado, ha sido para peor:

“En lo que al sueño producido por el uso de narcóticos se refiere, nos hemos limitado, sin embargo, a mencionar simplemente el hecho de que la proyección es posible en esas ocasiones. A fin de completar el tema, resumiremos una interesante experiencia fuera del cuerpo ocurrida bajo los efectos de un anestésico, y comunicada por el doctor George Wyld en su obra La Teosofía o la dinámica del espíritu.

Nuestro autor había estado aspirando cloroformo para mitigar el dolor producido por un pequeño cálculo renal, cuando, para su enorme sorpresa, se encontró vestido y dotado de sus facultades normales de razonamiento, a unos dos metros de la cama, observando su propio cuerpo físico privado de movimiento.


Mientras así permanecía parado, logró comprender el significado de la revelación, consiguiendo más tarde que otras personas corroboraran su experiencia, todo lo cual lo condujo a la conclusión de que las sensaciones se hallan centradas en el cuerpo sutil y de que la acción de los anestésicos se cumple extrayendo al cuerpo etéreo del físico, lo cual hace que este último no pueda sufrir ningún dolor.


Ernest Hunt, que recogió el testimonio de gran número de personas que habían tenido experiencias fuera del cuerpo durante el sueño proveniente de una anestesia, declara que:


"Las descripciones que nos brindan los pacientes son en esencia todas iguales, y, a menos que con entera falta de fundamento presumamos que se han puesto todos de acuerdo en mentirnos, debemos concluir forzosamente que dicen la verdad".


Algunos de ellos han llegado a afirmar que habían observado todas la operaciones practicadas sobre sus propios cuerpos —exactamente como el individuo que abandona su casa mientras la reparan— situados a cierta altura sobre el físico, pudiendo ver y oír todo cuanto abajo ocurría.


J. Arthur Hill, en su obra El hombre es espíritu, cuenta el caso de una tal señorita Hinton quien, a la edad de diecisiete años fue cloroformada para extraerle unas muelas. Su vuelta a la conciencia se demoró considerablemente, acarreando una profunda alarma, pero cuando despertó, declaró haber estado sobre el cuerpo físico, en medio de las personas allí reunidas, y también dijo que había tratado de hablarles pero sin éxito. Dándose por muerta, su mayor sorpresa fue ¡que no la juzgaran!


Las experiencias de este tipo demuestran que, junto con las experiencias proyectivas durante el sueño natural, existe un vasto campo para la experimentación médica mediante el uso de los anestésicos”.


Luego resulta que hay personas que se molestan si digo que en España vamos retrasados cuarenta años respecto a los Estados Unidos en cuando a experiencias cercanas a la muerte se refiere, porque lo único que tenemos es un libro lleno de estadísticas y descripciones de experimentos que no tienen nada que ver con ECM’s ni con EEC’s, y además es un refrito de un libro escrito publicado en 1975 por el Dr. Raymond Moody. Cuando lo cierto es que antes de 1929... ¡ya conocían estos fenómenos y además los interpretaban mejor que nosotros ahora! Por tanto, me quedo corta cuando digo que vamos retrasados. Lo que ocurre es que no hemos avanzado nada desde hace un siglo.

“De todo este estudio de la proyección astral nos encontrarnos ya en condiciones de extraer una idea bastante aproximada de lo que acontece en el momento de la muerte. En efecto, después de todo, la muerte no es sino una proyección permanente, una proyección del cuerpo astral en la que el sujeto no regresa ya a su cuerpo físico. La mayoría de las muertes tienen lugar, a no dudarlo, en estado inconsciente. El doctor Baillie concluye de "todas sus observaciones registradas ante el lecho de muerte, que la naturaleza ha dispuesto las cosas de modo tal que los hombres abandonen el mundo tan inconscientes como a él han venido". Agrega luego este autor: "En toda mi experiencia no he visto un solo caso en que no se cumpliera esta regla contra cincuenta a favor."

Existen, sin embargo, algunos pasos excepcionales, en que la conciencia parece haberse conservado hasta el último momento. Sir Benjamín Brodie, conjuntamente con otros investigadores, ha recopilado varios casos de este tipo. El profesor Hyslop es autor de un valioso artículo publicado en el boletín de la S. P. R. (junio de 1898), sobre "La conciencia al morir". Destaca este autor el hecho de que el paciente parece muchas veces ser consciente de su propia muerte y que ello no sería teóricamente posible si hubiera de suponerse que la muerte implica la pérdida de la conciencia, pues ésta no podría ser consciente de su propia extinción. De todo lo cual se desprende que la conciencia no se extingue sino que tan sólo abandona al cuerpo.


Puede considerarse afortunado aquél a quien la muerte lo torna desprevenido, durante el sueño, manifestándose sin violencia. Una muerte violenta representa un serio shock para la conciencia, imprimiendo la "tendencia" del shock en la mente subconsciente. Esto determina, en muchos casos, que la víctima permanezca en un estado de semidemencia, en la atmósfera terrena, como ya vimos en varios ejemplos mencionados en este libro. La tendencia producida por una muerte violenta provoca, frecuentemente, al imprimirse sobre la mente subconsciente, una especie de obsesión en la víctima, impulsándola a vivir una y otra vez su propia muerte en el astral, llevando a veces esta obsesión, incluso, a otros seres”.


“Andrew Jackson Davis que fue testigo de más de una muerte, gracias a su facultad de ver astralmente, ha declarado que jamás presenció dos muertes iguales. En su obra Harmonial Philosophy puede encontrarse la siguiente descripción de un caso por él observado:

"En la cama yace un ser humano prácticamente moribundo. Va a ser una muerte rápida. El cuerpo físico se torna cada vez más frío y negativo, a medida que los elementos del ser espiritual se hacen más positivos y aumenta su temperatura. Los pies son los primeros en enfriase. El clarividente puede ver en este momento, exactamente encima de la cabeza, lo que podría llamarse un halo magnético; es éste una especie de emanación etérea, de aspecto dorado y palpitante, como si estuviera dotado de conciencia. Ahora el cuerpo se ha enfriado hasta las rodillas y los codos. La ola de frío asciende luego por las piernas hasta las caderas y hasta los hombros por los brazos. La emanación se expande más aún, aunque todavía no ha alcanzado a gran altura en la habitación. El frío de la muerte pasa sobre el pecho y a ambos lados del paciente. La emanación casi llega hasta el cielo raso. El sujeto deja de respirar y el corazón de latir. La emanación se alarga hasta tomar el contorno de la forma humana. Está unida por cierto vínculo con el cerebro. La cabeza del sujeto late interiormente; es un latido lento, profundo, desprovisto de dolor; es semejante al latido del mar. Las facultades mentales se conservan intactas, en tanto que casi la totalidad del organismo, se halla muerto. La emanación dorada está unida al cerebro por un hilo vital sumamente delgado.


"Se hace presente entonces en el cuerpo de la emanación algo blanco y brillante, semejante a la cabeza humana; luego se dibuja un débil contorno del rostro; después el cuello y los hombros y por fin, en rápida sucesión, todas las demás partes del cuerpo. Se configura así una resplandeciente imagen del cuerpo físico, si bien algo más pequeña, pero idéntica en todos sus detalles... El fino hilo vital sigue todavía adherido al antiguo cerebro. La última fase del proceso es la separación de este principio eléctrico. Cuando se corta este cable, el cuerpo espiritual se halla libre".


La muerte, sin embargo, no es un problema que preocupe demasiado a la mayoría de la gente, y si lo hemos tratado aquí, ha sido solamente en la medida que se relaciona con la proyección del cuerpo astral. Casi nunca se le ocurre pensar al individuo medio, que tiene que morirse algún día. Y si el pensamiento (de su propia muerte) se le ocurre alguna vez, no vacila en arrojarlo lejos de su cerebro como algo indeseable y horrible. Es una curiosa paradoja, si consideremos cuán fuerte es el instinto de autoconservación en todos los mortales.


Son pocos los filósofos que han dedicado una cuidadosa atención al problema. De todos quienes se han ocupado del tema parece ser Carrington el que más ha ahondado en sus misterios. Como dice el profesor Fournier D'Albe en su obra New Light on Inmortality: "El siglo XX se halla demasiado atareado para preocuparse por el problema de la muerte y la existencia que a ésta sucede. El hombre práctico hace su testamento, asegura su vida y le dice adiós al mundo sin ninguna otra consideración ulterior. Las iglesias, interesadas en otros tiempos profundamente en el destino del alma después de la muerte, están dedicadas por completo en la actualidad a la instrucción moral y al mejoramiento de las condiciones sociales de vida. La muerte como tema de controversia o de especulaciones está, prácticamente, muerta... Extraño y casi inexplicable en verdad, resulta el espectáculo de los mil millones de seres humanos que se precipitan hacia la hora del juicio sin ningún conocimiento preciso de lo que ese juicio les reserva, limitándose a tornar la vida como les ha sido dada, con alegría y a la ligera, sin dedicar pensamiento alguno a estos serios problemas. Este espectáculo no es muy diferente de aquel que solía presenciarse en las prisiones durante el reinado del Terror, cuando los prisioneros mataban el tiempo charlando animadamente, sin saber a quién le tocarla ir primero al patíbulo. [...]

Dice el profesor F. C. S. Schiller, de la Universidad de Oxford: "Spinoza tenía razón al afirmar que no existe tema alguno en que los sabios hayan pensado menos que en la muerte, lo cual es, sin duda, una gran lástima para los sabios. Pues no existe ciertamente tema alguno más digno que la muerte, del estudio de aquellos que amen la reflexión y el valor de las opiniones personales..."


Por un lado está el Materialista, quien grita a los cuatro vientos que la muerte representa la completa extinción del individuo. Por el otro, el Espiritualista, para quien la muerte no representa sino el comienzo de una vida mejor. Y entre estas dos escuelas del pensamiento universal existe todo un ejército de cultos, religiones y credos que consideran a la muerte, en su mayoría, como una "maldición" que pesa sobre la humanidad.


Ciertamente que no es la muerte la maldición sino la "vida". La Vida, con todos sus dolores, sus tormentos y amarguras. Ningún estado futuro de felicidad merece ese dolor; no hay nada que pueda compensar la desilusiones y desencantos de la vida. Por cierto que hace falta ser un Estoico para poder disfrutar en otros planos, sabiendo al mismo tiempo que hay otros seres que sufren en éste. Un individuo de esa clase, no merece, a mi juicio, ser feliz. ¿Es posible que los espíritus pierdan ese rasgo divino, la "simpatía"?


"¡Oh muerte! ¿Dónde está tu aguijón? Oh tumba! ¿Dónde está su victoria?", he aquí la verdadera filosofía Estoica. Existe sí un tormento en la muerte: la madre moribunda que se aferra a su hijo, el padre agonizante que deja a su familia sin amparo; el amante que llora sobre el cuerpo frío de su amada. ¡Oh muerte!, he ahí tu aguijón. ¡Oh, Tumba!, he ahí tu victoria. Para mí la vida es una maldición. Yo lamento que la vida exista. No hay mente mortal capaz de escribir el menor argumento en defensa de la vida. ¡Cuánto lamento que el Materialista esté equivocado! Y lamento que la muerte no sea el fin de todo. ¡Cómo desearía que la muerte fuera un largo dormir sin sueños! Pero ay, mis experiencias no pueden haberme demostrado en forma más concluyente que aquello de "polvo eres y polvo serás" no fue dicho del Alma”.


Sin embargo, lo que más me asombra es cuán cierto es esto que afirma el autor al final del libro:

“La objeción más común y más contundente levantada contra las ciencias ocultas, especialmente la Clarividencia, el Hipnotismo, etc., es la teoría de los demonios, es decir, que todas estas manifestaciones no son sino el producto del Demonio o de otros espíritus malignos. En estos últimos años una poderosa organización religiosa (que seguramente todos mis lectores conocen) se ha embarcado en una formidable cruzada contra las prácticas ocultas. Puede tenerse cierta idea de los alcances y el éxito de su campaña, si se repara en el hecho de que la edición de uno de sus libros alcanzó, en 1928, la fantástica cifra de 3.500.000 ejemplares. Y como éste, ¡han publicado por lo menos una veintena de libros! Sus recursos parecen inagotables. Sus conferencias se han transmitido por las más poderosas emisoras radiales y sus propagandistas están diseminados por todo el mundo.

Fuera de ésta, existen otras poderosas organizaciones movidas por el mismo propósito, como así también ciertas personalidades como O'Donnell, que insisten vigorosamente en la afirmación de que todos los fenómenos ocultos son de origen diabólico. En consecuencia, han sido muchos los investigadores de las ciencias ocultas que han debido abandonar sus investigaciones y estudios, debido a injustas acusaciones surgidas de la tergiversación de los hechos reales”.


Lamentablemente, siento que hoy en día la influencia de las religiones (y no solo la católica) ha supuesto un grave obstáculo para el conocimiento de la verdadera naturaleza humana, cuando debería haber sido al contrario. Y en este país en el que vivo, aún nos va a costar mucho remontar tantos años de confusión, ignorancia y creencia en absurdas supersticiones. Por desgracia, son muy pocas las personas que comparten conmigo este espíritu que quiero transmitir en este blog y en el foro que administro:
“A todos aquellos a quienes interese averiguar la verdad o falacia de esta cuestión, es decir, si los fenómenos psíquicos pertenecen a la esfera espiritual del hombre o a los dominios del Demonio, yo quiero decirles que toda vez que experimenten una proyección del cuerpo astral, ya no podrán dudar de la posibilidad de existir fuera del cuerpo físico. Entonces el lector no se verá forzado a aceptar ninguna teoría. Entonces no tendrán que buscar para su creencia en la inmortalidad, el apoyo de las palabras de un médium, de un pastor o de las Sagradas Escrituras, puesto que por sí mismo habrá logrado la prueba de lo que buscaba.
Yo por mi parte puedo decir que aunque jamás se hubiera escrito un libro sobre la inmortalidad del alma, que aunque jamás se me hubiera hablado de la "supervivencia" del espíritu, que aunque jamás hubiera presenciado una sesión de espiritismo o hubiese conversado con un médium; en suma, aunque nadie jamás en el mundo hubiera sospechado la existencia de la "'vida después de la muerte", yo no estaría por ello menos persuadido de ser inmortal, puesto que he experimentado la proyección del cuerpo astral”.
Cualquiera puede hacerlo. Cualquiera puede recordar vidas pasadas y verificarlas. Cualquiera puede aprender a meditar. Es solo cuestión de tiempo el empezar a tener sueños lúcidos y después, conociendo dos o tres técnicas de lo más sencillas, poder lograr una proyección consciente. Son estas experiencias las que te cambian el pensamiento y la vida, no lo que lees en un libro o lo que te cuenta alguien, aun cuando lo haya vivido también. Nunca me cansaré de decir que el despertar espiritual no nos va a caer del cielo, ni vamos a “ascender” solo porque así lo deseemos, por mucho que digan los mensajes que reciben aquellos que dicen tener contacto con entes superiores. El despertar depende de cada uno de nosotros. 


jueves, 18 de diciembre de 2014

Locas divagaciones (6).

La verdad es que vivo desconcertada. Sobre todo cuando me decido a salir de mi refugio (léase autoaislamiento) y echo un vistazo al mundo que me rodea. Es una paradoja que viviendo en este mundo que creemos tan evolucionado, lleno de personas que creen que hemos alcanzado la cúspide de la perfección y que la ciencia nos traerá respuestas a todo, la mayoría aún tenga tantas dudas acerca de lo que somos realmente y lo que ocurre cuando morimos y abandonamos nuestro cuerpo físico. El mundo es una ilusión, dicen unos. Sí, en eso estoy de acuerdo. La realidad es aquella que nosotros mismos nos creamos (ver entradas como La cuchara no existe). Otros afirman, como si hubieran descubierto de pronto algo en lo que nadie nunca antes había reparado, que estamos controlados por razas extraterrestres, e incluso llegan a dudar, en el colmo de las fantasías sin sentido, que el túnel que algunos han visto en sus experiencias cercanas a la muerte, no es más que otra ilusión en la que alguien nos convence de que tenemos que seguir reencarnando para que no podamos escapar a esa Rueda de la Vida, concepto que se originó en la religión hinduista. Sí, es como intentar explicar algo no demostrado con algo que también está sin demostrar. Una especie de festival de la incongruencia, generalmente organizado por personas que han leído mucho pero han entendido poco y desde luego no lo han vivido en persona. Estamos saturados de información, pero información muchas veces tan falta de base y sentido común, que hay otra parte de la población que decide enviar todas esas fantasías a la basura y arrimarse a la extrema racionalidad de la ciencia. Tan extrema que niega todo lo que sus microscopios no pueden ver y todo lo que sus fórmulas matemáticas no pueden explicar. Así, tenemos que esperar cuatro años para que un científico considerado por sus colegas casi una eminencia en el estudio de la muerte, nos comunique los resultados de su estupendo estudio: que de 2060 pacientes que sufrieron un paro cardiaco, solo nueve experimentaron una experiencia cercana a la muerte, de estos solo dos una experiencia extracorporal, y por supuesto, ninguno pudo decir qué imágenes aparecían en una pantalla situada en lo alto de la habitación mientras trataban de reanimarlo... sobre todo porque cuando lo sufrieron no había ninguna de esas pantallas en su habitación. Eso sí, parece que está empeñado en hacernos resucitar como sea, igual que aquellos que abogan por la criogenización de nuestros cadáveres, cuando en realidad ya somos inmortales...


Como salir de mi refugio me suele dar ganas de llorar, no tardo en volver a él, para darme de cabezazos contra la pared, quejarme donde haga falta (generalmente en el Facebook, que total, ya saben que soy una borde, o en mi foro, que hay confianza), o simplemente seguir a mi rollo, que es el de estudiar sin descanso, porque aún busco respuestas, o el de recordar mis vidas pasadas, porque ya que puedo, no quiero dejar de hacerlo.

Y, sin embargo, es curioso que las pocas veces que decido expresar lo que pienso o siento, y trato de hacer llegar a la gente mi mensaje de que dejen de preocuparse, porque la muerte no existe y tenemos formas de comprobarlo, también acabo malparada. Bien porque no me creen, bien porque les molesta que yo lo tenga tan claro (como me pasó aquí), o... la verdad es que no lo sé. Digas lo que digas, la gente sigue dudando. Sí, yo también, a veces. Pero después de todas las experiencias que he tenido y lo que he aprendido, tengo una seguridad interna que me hace tomarme las cosas de una forma distinta a como lo hacía antes. Mi seguridad de que sobrevivimos a la muerte es total, aunque por lo general diga que es del 99% para no levantar ampollas y que no me acusen de iluminada (aunque la verdad es que te lo van a llamar de todas formas. Eso o vidente, aunque no lo seas). Las dudas a las que me refiero son otras, mucho más dañinas: las dudas de todos aquellos que pierden a alguien querido y su primer deseo es recibir un mensaje o encontrárselos en el astral; las dudas de los que ven fantasmas y aparte de pasar mucho miedo, temen que les tomen por locos o que se burlen de ellos; o las dudas de los que recordamos vidas pasadas y somos incapaces de dejar de pensar que es nuestra imaginación o que el psicólogo tiene razón y va a ser que padecemos algún trastorno mental, por ejemplo una depresión que solo es posible curar si te pasas drogado todo el día. También son preocupantes las dudas de los que escriben revistas de misterio y ven que todo el mundo alrededor se ha vuelto más y más loco, y en vez de ahondar de otra manera en los fenómenos paranormales, toman una actitud más escéptica y los reportajes se van convirtiendo en artículos pseudo-científicos que insinúan que todo es producto del cerebro.

Por eso, cuando de pronto descubro un libro publicado hace más de cien años y veo que lo que ahí se describe son crudas experiencias, relatadas por su protagonista, tratando de darle una explicación lógica y racional, sin ninguna floritura “espiritual” ni la presencia de extraterrestres grises de ojos almendrados, y resulta que esas experiencias coinciden en gran medida con mis propias experiencias y las de otras personas que conozco y que sé son serias y confiables, me pregunto: ¿qué nos ha pasado? ¿Por qué cien años después parece que hemos retrocedido en nuestro conocimiento del ser humano? ¿Por qué, si hace cien años, ya existían personas que investigaban las apariciones, por ejemplo, y eran capaces de proyectarse astralmente y dar una explicación racional a los poltergeists, hoy seguimos sumidos en el desconocimiento? Me pasó lo mismo con el primer libro que me leí sobre el cuerpo astral: por entonces buscaba respuestas a mis propias experiencias, que es lo que me impulsa principalmente, aparte del propio conocimiento (y mi curiosidad insaciable). Y en ese libro no es que estuvieran todas ellas, pero me ayudó a entender mucho mejor lo que estaba experimentando y mi propia naturaleza humana. Ese libro procedía de una época en la que el espiritismo estaba en auge y existían muchos círculos ocultistas. Y también se estudiaban con mucha seriedad e interés los fenómenos psíquicos. Después, alguien dijo que todo lo que hacían aquellos hombres y mujeres, empezando por las hermanas Fox, no era más que un fraude, y debe ser que ganó la partida ya para la posteridad. Parece ser que eso se hizo extensible a todos aquellos estudiosos, y hoy todo ese amplio conocimiento permanece en la oscuridad. Digo conocimiento aunque es probable que esté incompleto o equivocado, por supuesto. Igual que ahora, aquellos hombres solo tenían teorías para explicar lo que vivían, solo que hoy es más normal encontrarte con gente que afirma saberlo todo que encontrarte con alguien que diga que seguimos sin saber nada, y que lo que tenemos que hacer es experimentar y comprobarlo por nosotros mismos. Pero resulta que a pesar de que ese conocimiento podría estar incompleto o equivocado, le da mil vueltas a lo que los científicos creen saber hoy, la mayoría de ellos ciegos a lo que cuentan numerosas personas, solo pendientes de sus experimentos de laboratorio tan limitados, e incapaces de aproximarse a estos temas desde otra perspectiva. Hoy solo podemos ser testigos de ese tipo de investigaciones parapsicológicas cuando determinados grupos aficionados las realizan y las graban para algún programa de televisión... pero como es televisión, seguro que está amañado también, así que casi nadie se lo toma en serio. Por tanto, cuando pensamos en la muerte, seguimos estancados en esa visión materialista que dice que todos nos reduciremos a polvo... y es paradójico, porque hay infinidad de evidencias que demuestran lo contrario, queramos o no queramos verlo, tengamos o no tengamos explicación.

Una de las causas que me desconciertan es precisamente esa: desde que me dedico a investigar los fenómenos paranormales (o sea, casi desde que tengo uso de razón), he visto que aquí cada uno va a su bola. Unos contra otros. Los seguidores de doctrinas como la espírita o aquellos que saben de esoterismo (por supuesto, hablo del serio, no de los echadores de cartas), se sienten incomprendidos por los científicos. Los científicos, a su vez, se han atrevido en contadas ocasiones a estudiar la clarividencia y otros fenómenos de percepción extrasensorial, pero siempre encuentran alguna excusa para creer que no queda nada demostrado o que todo puede ser explicado por el cerebro. Llevamos desde mediados del siglo XX con innumerables estudios sobre experiencias cercanas a la muerte, regresiones, y psicoterapeutas que afirman que hay personas que recuerdan sus vidas pasadas. Y, por supuesto, hay muchas otras personas que dicen poder salir de su cuerpo a voluntad, o que pueden detectar e incluso comunicarse con espíritus. ¿Se sientan todos alrededor de una mesa para intentar resolver el misterio de la naturaleza humana? No. Cada uno sigue con lo suyo sin importarle lo que hacen los demás: unos sin experiencia propia pero elaborando complicadas teorías que corren el riesgo de acabar en religión; otros sin experiencia propia pero analizando hasta la última neurona, empeñados en que el misterio se resolverá cuando comprendamos cómo funciona el cerebro; y otros experimentando espontáneamente sucesos que les dejan tan atemorizados que no pueden ni hablar, o que acaban volviéndose locos porque cada persona con la que habla le dice algo distinto... Nadie escucha a nadie, y por eso no salimos de la confusión.

Yo en cambio relaciono unos fenómenos con otros y para mí todos encajan a la perfección. Un día encontraremos la forma de comprender hasta el más mínimo detalle y posiblemente la ciencia “descubrirá” por fin algo que otros saben desde hace siglos: que la mente es una entidad separada del cerebro. Hasta entonces, no entiendo por qué unos ignoran a otros. Estoy segura de que si colaboraran se enriquecerían unos a otros y avanzaríamos mucho más rápido. Me recuerda a esa imagen del elefante que ya he utilizado en alguna otra ocasión: cada uno está tan obcecado en ser él quien posea la Verdad, que no se dan cuenta de que su visión es solo parcial, y hasta que no abran su perspectiva, no se darán cuenta de que todos están estudiando distintas manifestaciones de una misma realidad. 

Quizá mi error sea esperar que un día esa confusión desaparecerá. Si hace cien años parecíamos saber más que ahora, no hay razón para pensar que esto será distinto dentro de cien años, especialmente si nos autodestruimos en una guerra nuclear y los supervivientes tienen que empezar de cero en un mundo post-apocalíptico. Solo se preocuparán de comer y no de nuestra naturaleza espiritual.

Lo que está claro es que todos los caminos espirituales son únicos e individuales. Cada uno debe buscar sus propias respuestas, del modo que le parezca más adecuado. Es imposible luchar contra los condicionamientos mentales de todas esas personas que luchan por encontrar su verdad, pero que sin darse cuenta se van adentrando en un laberinto cada vez más y más tortuoso. Creo firmemente que la Verdad está dentro de nosotros, pero incluso eso es difícil de hacer entender a alguien que tan acostumbrado está a que le lleven de la mano a todos los sitios. En ese camino hacia la Verdad, todos (yo incluida) nos tenemos que liberar de todas esas creencias que nos han implantado en nuestra mente, o todo aquello que hemos leído y hemos dado por cierto. Te tienes que despojar de todas esas envolturas y quedarte con lo más básico, con tu esencia, y con tus experiencias, sin ningún tipo de análisis. Si no sabes explicarlas, no lo hagas, porque hay cosas que solo pueden ser explicadas a través del espíritu. Es curioso que leyendo ese libro sobre la proyección astral he podido por fin entender algo que me pasó de niña, cuando un día desperté a oscuras en medio de mi cuarto totalmente desorientada. Así es como la mayoría de nosotros nos pasamos toda nuestra vida. Pero un día llegan las respuestas. Y entonces te das cuenta de que ni siquiera hacía falta buscar tanto. Si todos pudiéramos retornar de algún modo a aquel momento en el que solo éramos un niño o una niña sin ningún tipo de condicionamiento mental, tal vez recordaríamos que ya entonces sabíamos que la muerte no existe. Tal vez recordaríamos que ya entonces nos sentíamos extraños en un cuerpo que de pronto se había vuelto a hacer pequeño, y teníamos una nueva madre. Tal vez recordaríamos que nuestra abuela, ya muerta, venía a visitarnos de vez en cuando, aunque solo nosotros pudiéramos verlo. Igual que ocurre con ese conocimiento que nos legaron los ocultistas, todo eso de lo que jamás dudábamos porque para nosotros era lo más natural del mundo, lo fuimos olvidando según crecíamos e íbamos llenando nuestra mente de nuevo conocimiento que creíamos útil o más lógico (porque así nos lo decían), solo para descubrir al final que en realidad ya lo sabíamos todo y no hacía falta complicar tanto las cosas. La Verdad es una y no es necesario que nadie la reinterprete para nosotros: solo hace falta escuchar a la intuición para saber que la muerte no existe. Lo triste es que la gente no escucha o no quiere escuchar. O, en su defecto, tampoco quiere experimentar. Y contra eso, nadie puede hacer nada.

miércoles, 16 de abril de 2014

Los derechos del doliente.

Una amiga del foro Military Past Lives posteó esto en inglés, y me ha gustado tanto que lo he traducido y lo he posteado a mi vez en varios sitios.

Se refiere al proceso de duelo por el que todos pasamos cuando muere alguien cercano... aunque para los que recordamos vidas pasadas, se hace extensible al dolor que sientes por tu propia muerte en esas otras vidas, y a las preguntas que te haces mientras tratas de aceptarlo.

Declaración de Derechos del Doliente (por Alan D. Wolfelt, Ph.D.).

Aunque deberías buscar ayuda en otros mientras estás de duelo por alguien, no deberías sentirte obligado a aceptar las respuestas inútiles que puede que recibas de algunas personas. Tú eres el que está de duelo, y como tal, tienes ciertos "derechos" que nadie debería tratar de quitarte.

La siguiente lista está pensada tanto para darte el poder de sanar, como para decidir cómo otros pueden y no pueden ayudar. Esto no es para desanimarte a buscar ayuda en otros, sino más bien para ayudarte a distinguir respuestas útiles de respuestas dañinas.

1. Tienes el derecho a experimentar tu propia y única pena. 
Nadie más pasará por el duelo exactamente como tú. Por eso, cuando busques ayuda en otros, no les permitas decirte cómo debes o no debes sentirte.

2. Tienes el derecho a hablar sobre tu pena. 
Hablar sobre ello te ayudará a sanar. Busca a otros que te permitirán hablar tanto como quieras, tan frecuentemente como quieras, sobre tu pena. Si a veces no tienes ganas de hablar, también tienes el derecho de guardar silencio.

3. Tienes el derecho a sentir multitud de emociones. 
Confusión, desorientación, miedo, culpa y liberación son solo unas pocas de las emociones que podrías sentir como parte de tu proceso de duelo. Otros pueden intentar decirte que sentir ira, por ejemplo, está mal. No te tomes estas respuestas moralizantes en serio. En su lugar, busca oyentes que aceptarán tus sentimientos sin ningún tipo de condición.

4. Tienes el derecho a ser tolerante con tus límites físicos y emocionales. 
Tus sentimientos de pérdida y tristeza probablemente te dejarán fatigado. Respeta lo que tu cuerpo y tu mente te dicen. Descansa todos los días. Come comidas equilibradas. Y no permitas a otros empujarte a hacer cosas para las que aún no te sientes preparado.

5. Tienes el derecho a experimentar "estallidos de pena". 
A veces, de la nada, puede que te sobrevenga un arrebato de pena. Esto puede darte miedo, pero es normal y natural. Encuentra a alguien que comprenda y que te dejará hablar de ello.



6. Tienes derecho a hacer uso de rituales. 
El rito funerario es más que reconocer la muerte de alguien querido. Te ayuda a contar con el apoyo de otras personas. Y aún más importante, el funeral es una forma para ti de llorar. Si otros te dicen que el funeral o otros rituales de sanación son tontos o innecesarios, no les escuches.

7. Tienes el derecho a aceptar tu espiritualidad. 
Si la fe es parte de tu vida, exprésala de la forma que consideres adecuada para ti. Permítete a ti mismo estar junto a personas que entienden y apoyan tus creencias religiosas. Si sientes ira hacia Dios, encuentra alguien con quien hablar que no criticará tus sentimientos de dolor y abandono.

8. Tienes el derecho a buscar el significado. 
Puede que te sorprendas a ti mismo preguntándote "¿Por qué él o ella murió? ¿Por qué de esta forma? ¿Por qué ahora?" Algunas de tus preguntas pueden tener respuesta, pero otras no. Y estate atento a las respuestas estereotipadas que algunas personas te darán. Comentarios como "Fue la voluntad de Dios" o "Piensa en aquello por lo que tienes que estar agradecido" no son útiles y no tienes que aceptarlos.

9. Tienes el derecho a atesorar tus recuerdos. 
Los recuerdos son uno de los mejores legados que existen después de la muerte de alguien querido. Siempre recordarás. En vez de ignorar esos recuerdos, encuentra a otros con quien compartirlos.

10. Tienes el derecho a seguir adelante y sanar.
Reconciliarte con tu dolor no sucederá de manera rápida. Recuerda, el duelo es un proceso, no un evento. Sé paciente y tolerante contigo mismo y evita a aquellos que son impacientes e intolerantes contigo. Ni tú ni los que están cerca de ti debéis olvidar que la muerte de alguien querido cambia tu vida para siempre.

Creo que me ha llegado en un momento muy adecuado porque siento que aún estoy en proceso de duelo por una de mis vidas pasadas, no exactamente por el momento de la muerte, que la tengo más que aceptada, sino por la vida en sí y cómo se truncó todo desde mi más temprana juventud. Aunque hay días en los que parece que todo se olvidó y puedo seguir con mi vida, hay otros días en los que vuelvo a llorar sin razón aparente y las escenas más oscuras vuelven a repetirse una y otra vez en mis meditaciones. Tengo comprobado que eso es porque algunas de las heridas están aún muy abiertas, y aún me cuesta comprender, mucho más aceptar, lo que pasó. ¿Cuándo llegará el momento en que lo tenga totalmente superado? Nunca se sabe... sé que puede llevar años, y que una de las mejores formas de hacerlo es escribiendo sobre ello, dejando que esas heridas sangren hasta que ya no quede ni una gota de sangre, como le decía hace unos días a otra amiga de ese mismo foro. No queda otra.

Y mientras, todos los consejos que he enumerado en esta peculiar "Declaración de Derechos" me son especialmente útiles para comprender que tengo derecho a sentirme así por esa vida pasada y por esa muerte que nunca debió llegar a suceder, por todo el tiempo que sea necesario.

Puedes encontrar la versión original en inglés aquí:
Los derechos del doliente.

domingo, 16 de febrero de 2014

La muerte y los reencarnacionistas (2).

Cuanto más me adentro en mi búsqueda personal y más sé de mi pasado, más maravillosa me parece la vida en sí... con todo lo que conlleva, lo bueno y lo malo... y la muerte. A medida que he ido recordando mis muertes, me he dado cuenta de que es incomprensible que le tengamos tanto miedo. Y que estemos tan ciegos a lo que significa vivir, al enorme regalo que supone contemplar un nuevo amanecer cada día, y que malgastemos tanto tiempo en no hacer nada, en dejar pasar los minutos, en quedarnos paralizados ante un mundo que debemos y podemos cambiar, solo por temor a perder todo lo que tenemos, incluidas nuestras vidas...

Dice el Dr. Gaona que las personas que sufren experiencias cercanas a la muerte pierden, no el miedo a la muerte, sino el miedo a la vida. Cuando surgía esto en alguna que otra conversación, yo solía decir que eso también nos pasa a los que recordamos vidas pasadas... y, por supuesto, me miraban raro, porque creer en la reencarnación es todavía cosa de locos. Y, sin embargo, las personas que sufren una experiencia cercana a la muerte por lo general se quedan estancadas en ese momento tan trascendental de sus vidas. Algunas lo procesan adecuadamente y se vuelven más espirituales, otras se pierden en la religión... otros ni avanzan ni retroceden. Mientras, personas como yo, que nos empeñamos en desentrañar la madeja y que no nos conformamos con un tímido vistazo a lo que puede haber más allá, seguimos estudiando, meditando, reflexionando, averiguando quiénes fuimos, cómo morimos, qué hicimos y por qué... y poco a poco, ese algo a lo que llamábamos “muerte” y que tanto temíamos en el pasado, se va quedando olvidado y pierde toda su importancia, porque sabemos que la muerte solo es una pequeña transición entre vida y vida. A veces es dolorosa, a veces agónica, a veces pacífica, a veces pasa en un suspiro, otras se prolonga un poco más... pone el punto final a una de tantas vidas físicas que hemos vivido, pero en realidad es solo un punto y aparte en nuestra verdadera vida, la del espíritu. Cuando es una muerte violenta, el trauma y la huella emocional que deja en nosotros es mucho más evidente en la vida que viene después... Sin embargo, te das cuenta que no es la muerte en sí lo que produce el trauma, sino las experiencias que rodearon a esa muerte. La muerte es la liberación, el reencuentro con tu verdadero ser y con tus seres queridos (no tal y como los conocimos físicamente, sino los “verdaderos”... parece que esto tampoco es fácil de explicar a los no reencarnacionistas). No hay absolutamente nada que temer a la muerte. De hecho, últimamente me ha dado por decir que la muerte está sobrevalorada en nuestra sociedad occidental. Tal vez porque no queremos mirarla a los ojos, tal vez porque la tememos demasiado... y resulta que disfrutamos viendo películas de terror, o nos divertimos viendo a personas que arriesgan su vida en esas películas, sin embargo no somos capaces de mirar dentro de nosotros mismos para averiguar cómo morimos en nuestra última vida. Nunca dejaré de sorprenderme de lo cerca que tenemos las respuestas, y de cómo permanecen tan ocultas para la mayoría de la gente. Me sorprende, me produce mucha tristeza, y me hace sentir muy afortunada de haber encontrado mi camino...


Hace poco uno de mis “compañeros de ruta” comentaba que había empezado a darse cuenta de que muchas de sus vidas estaban relacionadas de una forma u otra con la justicia. Yo aún no he llegado a tanto y aunque sospechas tengo, aún no tengo tan claro qué patrón se me repite en todas ellas o en qué estoy trabajando. Sin embargo, no dejo de admirarme del profundo trabajo psicológico y espiritual que supone recordar vidas pasadas. Llevo un par de semanas bastante intensas a este respecto, muy “conectada” con mis emociones e identificando numerosos sentimientos que proceden de otras vidas. En concreto, estos días se ha hecho muy fuerte mi última vida, en la que fui un testigo directo de la construcción del Muro de Berlín y de cómo los amigos que tenía en la Alemania Oriental quedaban atrapados. Fue una vida breve porque morí en un accidente de aviación, pero aparte de eso fue una vida muy normal con sus altos y bajos, tal vez por eso me ha costado tanto recordarla... Y ahora que tengo muchos detalles no puedo dejar de sonreírme y preguntarme qué tiene que ver esto con la tan manida “sanación espiritual” que tan de moda está... ahora estoy más segura que nunca de que recordamos simplemente porque podemos (y cualquiera puede). Y ahora más que nunca me siento orgullosa de quién soy, de quién he sido, y de lo que seré... porque ahora más que nunca estoy empezando a ver que la vida es mucho más grande de lo que podemos percibir a simple vista, de que su significado trasciende todo lo que como humanos estamos preparados para comprender, y que ninguno de nuestros miedos tiene sentido, cuando SABES que la muerte no es nada y que una sola vida humana es solo un pequeño pasito en el interminable sendero de nuestras vidas espirituales.

Otra de mis “compañeros de ruta” mencionaba que para ella solo con un cuerpo físico podemos sentir emociones humanas, y que cuando estamos en el otro lado la perspectiva es totalmente distinta y no nos podemos hacer idea de lo que es “sufrir” este estado físico. Yo comparto esta visión e intuyo que esto es así... y que no dejamos de reencarnar porque es aquí donde podemos experimentar todas esas emociones, donde podemos VIVIR en mayúsculas, porque eso es lo que venimos a hacer, ni más ni menos. A pesar de ello, parece ser que lo olvidamos (nos hacen olvidar, o no queremos recordar), y parece que nos da miedo SENTIR: emocionarnos, llorar, reír, pasar miedo, sentirnos solos o abandonados, tener celos, amar, compartir buenos y malos momentos... Nos tratan de convencer de que el sufrimiento es malo y la alegría es buena, o que el nacimiento es bueno y la muerte es mala, cuando la realidad es que todo forma parte de lo mismo, la VIDA.

Muchas veces oigo decir a algunos reencarnacionistas que están hartos de vivir en la Tierra y que no piensan volver. Dejando aparte el hecho de que, en mi opinión, desde nuestra limitada perspectiva, no puedes saber si vas a volver o no, puesto que no tienes ni idea de lo que tu alma necesita experimentar, yo pienso todo lo contrario: tengo muchas ganas de volver a renacer en este mundo porque ha sido durante mucho tiempo mi hogar, porque he reído, he llorado, he luchado y he muerto muchas veces en este planeta que es absolutamente maravilloso, a pesar de lo que los seres humanos se empeñan en hacer sobre él. Igual que hace cincuenta años soñaba con que mi hijo pudiera ver una Alemania libre en la que no hubiera Muros de la Vergüenza, hoy sigo soñando en que un día nunca habrá vallas con concertinas rajando a los emigrantes africanos. Y el dolor que desgarra mi alma y me hace llorar aún hoy día contemplando fotos en blanco y negro del Muro, o pensando en cómo murió desangrado Peter Fechter al intentar cruzarlo, es el mismo dolor que sigo sintiendo cuando veo a la Guardia Civil disparando contra esos emigrantes, aunque sean bolas de goma. Y ahora sé por qué toda mi vida tuve una palabra en mi cabeza, "FREIHEIT", aun cuando ni siquiera sabía lo que significaba... Hoy en día pienso que el mundo no va a cambiar, pero eso no es lo importante. Lo importante es cómo nos hace sentir a los humanos, cómo nos hace reaccionar... vivir en situaciones límite te hace comprobar qué clase de hombre o mujer eres, qué eres capaz de hacer por tus semejantes, qué ocurre si en lugar de arriesgar tu vida te conformas quedándote inmóvil como un mero espectador. Le damos demasiado valor a nuestras vidas (a nuestra muerte), cuando lo importante no es eso, sino lo que hacemos con ellas...


Si todos fuéramos reencarnacionistas, y supiéramos lo que yo sé ahora... nadie tendría miedo de levantarse y luchar contra un Gobierno injusto. Y me siento realmente orgullosa de haberlo hecho antes, de haber muerto por lo que en aquel entonces me pareció justo... y si no fue tan justo, en otras ocasiones, al menos no tuve miedo de decidir, de luchar, de equivocarme... en definitiva, de VIVIR.    

martes, 10 de diciembre de 2013

Claro como el agua.

Aunque prefiero no hablar mucho de lo que opinan otras personas sobre la naturaleza del ser humano, el significado de la vida, y la realidad de la reencarnación, porque este blog está pensado para verter mis opiniones personales e intransferibles sobre lo que yo considero un hecho, hoy voy a hacer una excepción y voy a invitar a los lectores a que escuchen esta conferencia del Dr. Juan José López que tuvo lugar en un congreso en Albacete a finales de octubre de 2013:


¿Y por qué? Por varias razones. Primero, porque es la única persona que conozco que ha atado cabos y se ha dado cuenta de los puntos en común que existen entre las regresiones a vidas pasadas, las experiencias cercanas a la muerte, las experiencias extracorpóreas, y las experiencias en el lecho de muerte… aunque posiblemente podríamos añadir algunos fenómenos más como la especial conexión que tienen niños y ancianos con el más allá o las canalizaciones de espíritus desencarnados. O… al menos, es la única persona que se ha dado cuenta (aparte de mí), y no tiene miedo de decirlo en público. Aunque viendo el vídeo, si prestáis atención, comprobaréis que el Dr. Juan José López no pronuncia ni una sola vez la palabra “reencarnación” (si no me equivoco). Me pregunto por qué… 

Segundo, porque, tristemente, parece que en este país (y probablemente en parte del extranjero) el hecho de tener un título académico le da una validez extra a tus opiniones y a tus experiencias. Yo también lo tengo, pero como no lo voy anunciando a los cuatro vientos y además, según algunos, “me escondo” tras un nombre falso, parece ser que lo que yo digo en este blog, en el foro que administro, y en determinadas redes sociales, es tomado a chirigota por el común de los mortales… al menos, el común de los mortales que frecuentan esas redes sociales. Y por si hay alguna duda, no, no tengo ningún trauma respecto a esto último. Pero sí me entra una gran tristeza al comprobar día a día que las dudas sobre nuestra inmortalidad continúan, cuando las respuestas están al alcance de nuestra mano…

Y tercero, porque la actitud del Dr. Juan José López es la actitud que deberían tener todos los científicos del mundo, y por supuesto, todos los médicos que aspiren a prestar un buen servicio a sus pacientes, en especial a los pacientes terminales, que son los que necesitan aún más una medicina humana y de calidad, para que, como dicen los tibetanos, puedan hacer ese último tránsito de manera consciente y pacífica, para llegar a la próxima vida con menos traumas y saber perfectamente que no deben apegarse a lo terrenal, a lo que dejan aquí, y continuar su camino hacia la luz. Esa actitud consiste simplemente en tener una mente abierta, estudiar todos los fenómenos sin prejuicios, y sobre todo, escuchar lo que las personas nos dicen sin contestar con el típico “Eso es tu imaginación”, cuando se trata de un niño; “Eso son alucinaciones o delirios”, cuando se trata de un anciano; o, en el peor de los casos, “Estás loco” cuando eres un adulto normal que ha vivido una serie de experiencias que ni tú mismo comprendías al principio y que has analizado racionalmente a lo largo de varios años hasta llegar a una conclusión muy clara: la reencarnación es un hecho, y todos somos inmortales. Tan clara como el agua.

Hay algunos puntos en los que estoy en desacuerdo con el Dr. Juan José López, pero solo porque su perspectiva es la de un terapeuta cuyo objetivo es ir a la raíz de un problema emocional que afecta al paciente. Aunque no puedo negar la gran aportación que hacen estos terapeutas a la reencarnación (aunque la gran mayoría se cuidan muy bien de no afirmar rotundamente “Creo en la reencarnación”, no sea que arruinen su reputación), estos terapeutas suelen no prestar atención al hecho de que hay numerosas personas que tienen sueños de vidas pasadas, recuerdos espontáneos y otro tipo de signos que quizá podrían llamarse “evidencia circunstancial”, que no siempre están relacionados con traumas psicológicos o asuntos sin resolver, y que apuntan sin lugar a dudas a la realidad de la reencarnación. Y también suelen olvidar que las regresiones no tienen por qué circunscribirse a un ambiente médico. Todos podemos recordar vidas pasadas. Uno de los métodos más útiles para hacerlo es la meditación, práctica que aporta numerosos beneficios ya demostrados científicamente y asequible para todo el mundo. A veces parece que solo si te hipnotizan puedes recordar vidas pasadas, y esto es completamente falso. Y muchas otras personas continúan poniendo en duda la validez de las regresiones sin saber tan siquiera en qué consisten (como decía el Dr. Juan José López, hay que probarlo para saber de qué se está hablando), o posiblemente porque no son conscientes de que después de obtener esos datos, hay que investigar para verificar esos supuestos recuerdos. Y hay que investigar mucho, en ocasiones durante años. Y de esta forma se han obtenido sorprendentes verificaciones que no dan lugar a duda. No hay nada como vivirlo uno mismo para convencerte. Por eso me embarqué en esta aventura… y por eso sigo investigando a día de hoy.

Sin embargo, mi investigación “de campo” sobre la reencarnación (y algo menos sobre experiencias extracorpóreas) ha tenido lugar en los últimos dos años. Antes de eso, leí mucho sobre experiencias cercanas a la muerte y otros fenómenos paranormales, y leí algún libro sobre terapia regresiva, hallando enseguida esos puntos en común que comentaba al principio y que para mí, si no son prueba irrefutable, al menos son muy buenos indicios de que nuestro alma sobrevive, de que existe un periodo entre vidas en el que hacemos balance de nuestra última encarnación y preparamos nuestra próxima vida, y sea como sea, volvemos con un nuevo cuerpo. En las regresiones, muchas personas describen el mismo túnel de luz que también describen muchas personas que sufren ECM’s, y muchas personas que sufren ECM’s (con frecuencia se confunden con experiencias extracorpóreas durante la anestesia, como bien refería el doctor en la conferencia… y he de decir que es la primera persona a la que se lo oigo decir), describen sensaciones que también describen las personas que realizan viajes astrales, conscientemente o de manera espontánea. Muchas personas mediante regresión al periodo entre vidas también relatan cómo podían ponerse en contacto con personas encarnadas, por métodos que bien conocen médiums y espiritistas, o por simples sueños que muchas personas en duelo tienen y que, como siempre, los achacan al dolor o al deseo de volver a ver a la persona que han perdido. Solo hay que unir las piezas del puzle. Lo tenemos delante de nuestros ojos, y seguimos sin ser capaces de verlo.

Los signos están ahí. Llevan ahí desde tiempo inmemorial. La ciencia y la parapsicología los llevan estudiando durante décadas, durante siglos… pero por alguna razón el ser humano se debate entre las creencias que sus respectivas religiones les han impuesto, y el escepticismo más recalcitrante de algunos científicos, pseudoescépticos, o aquellos que si no lo ven, no lo creen, pero como tampoco hacen nada por verlo, nunca lo creerán… Las dudas pueden con nosotros. La ciencia y la racionalidad se han convertido en nuevos dioses a los que algunos siguen ciegamente, olvidando que las respuestas están el corazón. O, como bien dice el Dr. Juan José López… “la respuesta está en el alma”.



martes, 19 de noviembre de 2013

La muerte y los reencarnacionistas.

Me resulta muy curioso ver cómo la mayoría de la gente se empeña en buscar respuestas fuera de sí mismos, en arrimarse a la ciencia creyendo que solo las conclusiones que ella provee son válidas, o implantándose en la cabeza el chip que dice “La muerte no existe”, mientras que siguen viviendo eternamente con la duda y posiblemente recuperando el miedo a morir en cuanto el momento se acerca. No puedo culparlos. En esta sociedad occidental hablar de la muerte es tabú, para un médico la muerte es una derrota y muy pocos se van a atrever a hablarte claramente y mucho menos te van a aconsejar sobre cómo hacer el tránsito. Nadie en su sano juicio cree que la vida continúa después de la muerte, creer esta patraña es solo un consuelo momentáneo que brindan todas las religiones, como mucho tocaremos el arpa con los angelitos en el cielo hasta que Dios decida que es momento de resucitar, momento en el que por arte de magia recuperaremos nuestro bonito cuerpo putrefacto o ya convertido en polvo (por supuesto el único que hemos tenido), y despertaremos a no sé qué clase de vida nueva. O aún peor, tal vez nos saltaremos esta magnífica oportunidad porque para entonces llevaremos milenios ardiendo en el infierno.

Otros creen que la respuesta está en las experiencias cercanas a la muerte, eso sí, con salvedades. Si alguien en su ECM menciona que un ser de luz le habló de la reencarnación, seguro que ha habido alguna confusión. Si menciona que ese ser de luz es Jesucristo o que estuvo sentado en su regazo, o que pudo hablar con Juan el Bautista, entonces todo es verdad. A pesar de que por lo general en una ECM te ves súbitamente fuera del cuerpo, con un miedo terrible porque estás en una situación que puede ser mortal, no entiendes nada de lo que pasa, y además estás hasta arriba de medicamentos, parece ser que lo que dice uno de estos pacientes tiene mucha más credibilidad que lo que dice un paciente totalmente sano en una regresión. Y por supuesto, si eres un médico o un científico escéptico vas a hacer lo que sea, literalmente, para demostrar que todo fue producto del cerebro, aunque eso implique ignorar los otros miles de casos de ECM’s que existen o buscar soluciones parciales a un fenómeno que, hoy por hoy, no tiene ninguna explicación. Bueno, sí, tiene una: la consciencia está fuera del cerebro.

Después de años y años estudiando las ECM’s he llegado a la conclusión de que ni siquiera los propios científicos son objetivos. Les cuesta demasiado romper sus ideas preconcebidas (es decir, lo que ellos creen que está demostrado y por tanto es verdad absoluta e intocable), y quieren que un pobre órgano como el cerebro asuma toda la responsabilidad de lo que una persona ve en su ECM. Y los pacientes que sufren ECM’s no entienden lo que les ha pasado, y según su propio criterio, es decir, dependiendo de sus propias creencias y su educación, deciden qué es lo que vieron. O quizá su mente decide por ellos, y ellos ni siquiera dudan de nada. ¿Por qué iban a hacerlo? Nadie les ha explicado que cuando sales del cuerpo accedes a un plano comúnmente llamado astral donde lo que sientes y sobre todo lo que piensas tiene extrema importancia, donde tú mismo puedes crear tu propia realidad y donde puedes ser fácilmente engañado por tus propias percepciones. Nadie se lo explica porque nadie se ha preocupado todavía de estudiar las experiencias extracorpóreas de manera seria. Por eso, para muchas de estas personas, estar a punto de morir y haber hablado con Dios es lo más lógico del mundo. Y en el peor de los casos, incluso piensan que han sido unos elegidos.

A pesar de todo esto, hay gente que desea tener una ECM porque cree que así va a estar seguro de que la muerte no existe. Y no se dan cuenta de que hay métodos mucho más fáciles para llegar a saberlo. No hace falta esperar a estar en una situación de muerte. Es suficiente con meditar y recordar vidas pasadas (o, en su defecto, acudir a un profesional de confianza para hacer una regresión). Los que lo hacemos sabemos “un poco” sobre la muerte. Para los que no lo sepan, recordar tu propia muerte es algo más que ver una escena delante de tus ojos como si fuera una película. Se acompaña de numerosas emociones, a veces muy difíciles de controlar. Al principio enfrentarte a una de estas escenas da miedo, mucho miedo, y es posible que necesites varios intentos para darte permiso a ti mismo y atreverte a verlo. No tienes ni idea de lo que vas a encontrar, no tienes ni idea si vas a sentir el  mismo dolor que sentiste cuando moriste de verdad. No sabes si vas a poder controlar las emociones. Con el tiempo va siendo algo más fácil. Por supuesto, cuando se trata de una muerte traumática se hace un poco más complicado… y por lo general recuerdas antes las muertes traumáticas porque recordamos antes lo que nos afecta. En estos casos, cuando la muerte es súbita e inesperada, es mucho más frecuente que vaya acompañada de fuertes emociones, bien porque te dio mucha rabia acabar así, o porque no te pudiste despedir de tus familiares y amigos, o porque a tu lado viste caer también a muchos de tus compañeros, o porque fue un accidente sin sentido, o porque no pudiste ver crecer a tus hijos, o porque dejaste cuestiones sin resolver.

Lo importante de todo esto es que al final todo acaba. Todo dolor y sufrimiento son solo temporales, pertenecen a la dimensión humana, no a la espiritual. A veces te ves ya fuera de tu cuerpo e incluso sabes que te quedaste un tiempo en el plano astral para asegurarte de que todo estaba bien. Y muchos pacientes sometidos a hipnosis (no es mi caso) relatan incluso cómo vieron el mismo túnel de luz que describen las personas que han sufrido ECM’s, y cómo se reencontraron con sus guías o con familiares ya fallecidos. Si es una regresión a la vida entre vidas, incluso puedes describir el mundo espiritual y todo lo que ocurre después de muerto, algo que ocurre para todos, independientemente de la religión, raza, sexo, lugar de nacimiento, o el nivel de maldad con el que te hayas conducido por la vida… aunque a algunos les cueste aún comprender y aceptar esto, presos de sus propios prejuicios y sus ideas preconcebidas.
Muchos reencarnacionistas llegamos a visitar nuestras propias tumbas.
Pero cuando has recordado varias muertes y comprendes que hagas lo que hagas siempre vuelves a nacer, todas las dudas desaparecen. Y francamente, ya te da igual lo que digan los científicos, los escépticos, y los que hablan de reencarnación sin saber lo que es recordar vidas pasadas. Esos que piensan que creer en la reencarnación es solo un deseo de que la muerte no sea el final. Cuando has verificado tus recuerdos e incluso has localizado tu tumba, ya nada pueden decirte que te convenza de lo contrario. Es algo que sabes y que vas a llevar dentro ya para siempre, solo tú sabes que no es imaginación, que no es obsesión, que no es creencia, que no es un simple deseo. Solo tú sabes por todo lo que has pasado hasta llegar a ese punto. Visitar tu propia tumba es algo que muchos reencarnacionistas llegan a hacer o que deseamos hacer, un momento en tu viaje personal que es todo un hito, acompañado de fuertes emociones y en muchos casos una fuerte necesidad de aceptar el pasado, aceptarte a ti mismo, con lo bueno y lo malo que hiciste en esa vida, y pasar página.   

¿Perdemos el miedo a la muerte? Eso es ya otra historia. No puedo hablar por todos los reencarnacionistas, pero en general se puede decir que no tememos a la muerte en sí, tememos al dolor que acompaña a la muerte. También depende de cada uno y del grado de apego que tengamos a la vida terrenal. Pero lo bueno es que sabemos que nada se acaba con la muerte. Que tarde o temprano nos vamos a reencontrar con las personas que queremos. Sabemos que en cada vida hay personas con las que ya hemos vivido en el pasado, y por alguna razón van y vienen, aportándonos aquello que necesitamos justo en el momento que lo necesitamos. Personalmente, pienso que en la Tierra andamos ciegos y sordos y solo en determinadas ocasiones reconocemos a aquellos que fueron importantes en otras vidas. Pero al traspasar el umbral esa venda desaparece y de pronto nos damos cuenta de cuán inútiles fueron ciertas discusiones, o ciertos miedos. Es imposible perder a nadie, porque al otro lado somos como una gran familia en la que los lazos de sangre no tienen la más mínima importancia. No comprendo a las personas que solo piensan en reencontrarse con sus familiares al otro lado, tal y como los conocieron en esta vida. Somos mucho más que un hijo, un padre o un amigo. Somos almas eternas en un camino eterno en el que compartimos buenos y malos momentos. ¿Quién no crea vínculos con alguien con el que has reído y llorado a lo largo de tantas vidas? Esos vínculos jamás desaparecen. Si de algo estoy segura, es de que la muerte no los destruye.


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La autora de este blog no pertenece a ninguna religión ni a ninguna secta, ni tampoco es ferviente seguidora de ninguna doctrina espiritual, espírita o new age. Tampoco es una fanática lectora de ningún escritor más o menos popular que hable en sus libros sobre terapia o hipnosis regresiva.

La autora de este blog tiene una amplia formación científica y por ello piensa por sí misma para llegar a las conclusiones y opiniones que aquí se ven reflejadas. La reencarnación es un fenómeno natural y universal. El único objetivo de este blog es reflexionar y ofrecer algunas claves para que todo el mundo pueda darse cuenta de ello por sí mismo.

En ningún caso la autora de este blog posee la Verdad Absoluta. Las opiniones de la autora de este blog son personales, intransferibles y siempre sujetas a discusión. Solo ha vivido una serie de experiencias personales que la han transformado interiormente en los últimos años. Puede dar consejos a todo aquel que lo solicite, pero en ningún caso puede ofrecer ayuda profesional.

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